Excmo. Ayuntamiento de Los Santos de Maimona
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mar, 10 sep 2019- 00:00
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“UNA ILUSIÓN VERDE UVA” DE Mª PILAR PAVÓN, PREMIO CATEGORÍA INFANTIL-JUVENIL BIENAL LITERARIA DE LA UVA EVA BEBA (Texto íntegro)

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Me tapo los ojos, pero las observo a través de mis dedos. Ellas son las últimas. Sus vestidos blancos brillan bajo las luces; llevan una banda que atraviesa sus cuerpos, ramos de flores en las manos y una sonrisa en su rostro. Han sido elegidas, y están felices de ello.
No puedo contener las lágrimas. Mis hermanas se marcharon hace mucho tiempo. “La Fiesta de la Vendimia ya no es lo que era”, me dijeron. “Olvídate de los bailes con los trajes regionales, de la música y el vino, de las cestas de uvas. El pasado nunca va a volver.” Yo me reí, en vez de enfadarme. “Idos si queréis”, sonreí. “Pero yo no dejaré atrás mi pueblo.” Los Santos de Maimona me vio crecer. Me dio flores blancas y amarillas cuando era pequeñita. Me acompañó a los campos verdes en mi juventud. La gente, la cultura y las risas de este pueblo nunca mueren, por eso yo sigo aquí. Asisto a la ceremonia. Probablemente ninguna de esas chicas sepa que yo estoy observándolas. La Reina, que lleva una corona brillante, sostiene la mirada en un punto cercano a donde me encuentro; pero yo sé que no puede verme. Soy invisible para todos. Mi memoria me recuerda un feliz día tiempo atrás, cuando los jóvenes se vestían con los trajes tradicionales y ofrecían bandejas de uvas a los visitantes. Por aquel entonces, yo me camuflaba entre ellos, y danzaba, ataviada con una falda roja y un mantón negro. El calor era abrasador, caminábamos por los campos y nos deteníamos a la sombra, para ver a los agricultores faenando. 2 Me remonto a una época aún más lejana, y me recuerdo pisando la uva fresca, bailando sobre ella. El mosto caía y se recogía, para después fermentarlo y convertirlo en vino. Estoy perdida en mis pensamientos, cuando siento un ligero empujón. La ceremonia ha terminado, y la gente está empezando a abandonar el acto. Como no pueden verme, pasan a mis lados. Decido alzar un poco el vuelo para observarlo todo desde las alturas, aunque desciendo enseguida, porque quiero ver de cerca a la Reina de la Vendimia. Aunque no lo sepa, ella tiene este año la misión de guiarme, de conducirme por las calles hasta los lugares donde el pueblo cobra más vida, donde jóvenes y adultos lo pasan bien. Me gusta divertirme, y siempre participo en todas las fiestas, bailando entre la gente. Me alimento de su entusiasmo; cuando el pueblo está contento, yo también lo estoy. La Reina me llevará al alma de las fiestas, hasta que el año que viene otra ocupe su lugar. Así que no pierdo más el tiempo y camino al lado de ella y sus damas por todo el recinto. Huelo la ilusión. La gente está contenta, es un día de fiesta. Oigo el sonido de sus pisadas, la música que se eleva, los suspiros, las lágrimas de alegría. Sonrío. Estos momentos son los que más me gustan de mi vida. Cuando la gente está inmersa en la rutina, pierden la ilusión y se sumergen en la languidez; ese ambiente también me afecta a mí, y me pongo triste y no tengo ganas de bailar. Pero los días de fiesta son diferentes: todo el mundo disfruta y se lo pasa bien, y ver feliz a mi pueblo me hace feliz a mí. Regreso al momento presente porque la comitiva se ha detenido. De algún modo, la Reina se ha parado y mira en mi dirección. 3 — ¿Quién eres tú? —pregunta. Miro hacia atrás, pero allí no hay nadie. Me asusto. ¿Cómo puede ser que me haya visto, si soy invisible? Es la primera vez que nadie me dirige la palabra. Voy a responder, pero ella se ha dado ya la vuelta, porque la están apremiando para que continúe. Me siento mal al ser la causa de su apuro, y alzo el vuelo de nuevo. Me paseo por la fiesta. Me gusta ver a la gente disfrutar. Hay niños correteando, jóvenes bailando, adultos bebiendo el vino de nuestra tierra, ancianos que hablan con pasión, enamorados disfrutando juntos, amigos pasándoselo bien, familias sentadas en los veladores... Personas, cada una con su vida y su historia, que hoy han decidido ser un poquito más felices porque es un día de fiesta. Por supuesto que percibo a los que se han quedado en casa, porque por una u otra razón no han podido venir, y recuerdo a todas y cada una de las personas que he visto disfrutar un día como hoy: a las damas, a los agricultores, a los vinicultores, a los santeños. Tengo un poquito de todos ellos. Como siempre, quiero bailar, y me dispongo a buscar un lugar donde hacerlo. Pero, mientras deambulo, vuelvo a encontrarme con alguien. Es la Reina; y, ahora que soy consciente de que puede verme, espero a que se acerque. —Hola —me dice. —No te conozco, pero te he visto a menudo. Apareces en todas nuestras fiestas, y danzas con gran maestría. Sonrío. 4 —Además, puedes volar— continúa. —Y tú puedes verme —le digo—, así que ahora es tu misión. Ella me mira sin comprender. — ¿Quién eres? —pregunta. No puede apartar sus ojos de mí, y yo me pierdo en ellos hasta ver los míos reflejados: son verdes, como la uva, como la vida. —Me llamo Eva-Beba —le digo. — Y soy una ninfa de la cosecha. En contra de lo que pensaba, ella no se asusta, ni me tilda de loca. Al contrario, sonríe con más intensidad, y entiendo de pronto por qué puede verme y hablar conmigo: porque está llena de ilusión. —Tienes que contarnos tu historia —dice, y me lleva hasta el estrado donde la han coronado. Hay gente alrededor, y conforme vamos pasando, siento el peso de todas y cada una de esas miradas sobre mí. Soy visible, al fin. Cada vez para más personas. Subimos al estrado. Algunas de las damas de la Reina nos han acompañado. Me siento muy bien, porque nunca había sido consciente de que existía de tal manera. Todos me están mirando, y siento que es hora de empezar a hablar. —Yo he nacido con este pueblo —digo. —En el momento en el que se puso la primera piedra de Los Santos de Maimona, en la Edad Media, yo ya era capaz de sentir. He visto crecer a mi pueblo, lo he visto convertirse. Mis siete hermanas y yo hemos acompañado a sus habitantes desde siempre, nos 5 hemos transformado con ellos. Lo que más nos gustaba eran las fiestas, porque veíamos a la gente feliz. La Virgen de la Estrella, San Isidro... Contábamos los días para que llegaran, ya que sabíamos que íbamos a poder cantar, reír y bailar. Detecto sonrisas en la gente. Cada vez se acercan más personas dispuestas a escucharme. —Pero hace más de cincuenta años que mis hermanas se han ido. Dijeron que estaban aburridas de este pueblo, que las fiestas eran siempre las mismas y ya no percibían en ellas la ilusión del principio. Así que se marcharon a otros pueblos cercanos que también tenían sus fiestas, y no volvieron— una lágrima se forma en mis ojos. —Pero yo no podía abandonaros. Y vosotros, santeños, debisteis de sentir mi tristeza, porque elegisteis a siete damas para que me acompañaran cada año en la Fiesta de la Vendimia, como si fueran mis hermanas. Gracias a ellas puedo traeros la ilusión y los bailes de siempre, que cada vez son nuevos. Rememoro toda la historia de este pueblo, lo feliz que he sido aquí. “El pasado nunca va a volver”, me digo. “Pero el presente siempre estará disponible.” —Así que—concluyo— ahora es vuestra misión. Tenéis que ocuparos de mantener viva la ilusión y la tradición, de renovarla cada año, de disfrutar y ser felices. Y, entonces, me convierto en una lluvia de estrellas y caigo sobre los Santos de Maimona entre espirales verdes y murmullos de expectación, porque ahora les toca a todos los santeños ser su ninfa de la cosecha.

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