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mar, 10 sep 2019- 00:00
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¡SALUD PARA TODOS! DE Mª ÁNGELES GARCÍA, 3º PREMIO EN LA BIENAL LITERARIA DE LA UVA EVA BEBA (Texto íntegro)

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    María y sus primos acostumbraban a subir las escaleras que ascendían a lo alto de la casa al que, en las zonas extremeñas, conocen como doblao. Se le llama así porque dobla los metros útiles de la vivienda significando un gran desahogo para quienes no tienen otras naves anexas al hogar. Dicha escalera, cuyos peldaños eran de fácil acceso, tenía mucho trafago durante el año ya que se subía y bajaba varias veces al día y en épocas concretas era continuo el ajetreo.
   En el doblao había varios apartados: atrojes para el trigo, la avena y la cebada, rincón con cuerdas, esportones, sacos, redes para la recolección tanto de almendras como de aceitunas, cajones de madera para la uva, estantes con tijeras de podar, escardillos, y otros muchos utensilios y aperos de labranza propios de una casa dedicada al campo y que iban tomando protagonismo según la estación del año en la que se encontraran. Estratégicamente colocadas, unas puntas sobresalían clavadas en los maderos del techo.
   Muchas horas durante la siesta, mientras los mayores descansaban, los primos acudían en silencio a este rellano de paz para jugar y contar historias con el fin de entretener a los más pequeñitos. Eran años sin piscinas en los hogares, ni siquiera de las portátiles, por lo que esas horas de soñera, cuando los niños no desean dormir, había que pasarlas de alguna forma entretenida. Fue entonces cuando se habituaron a leer el T.B.O., las novelas de Julio Verne o incluso a ojear algunos figurines que contenían patrones de costura.
   Llegado el mes de Septiembre comenzaba la recolección de la uva y con ella el primer mosto, con el que la abuela solía hacer una bebida dulce a la que llamaba Gloria. Ella sabía darle un aire de misterio diciendo que era una receta antiquísima, pasada de abuelas a nietas en secreto, aunque la verdad era que en la mayoría de las casas de la localidad existía esta bebida que se guardaba para determinadas ocasiones y que todos sabían que contenía mosto de bodega, palos de canela y aguardiente o anís seco. Y el abuelo siempre tenía a mano un rollo de cuerda. Escogía los mejores racimos y los ataba para después colgarlos arriba, en el doblao, en las puntas que asomaban de los maderos. Los nietos se enfadaban porque ellos no alcanzaban a descolgarlos, ni siquiera se les daba bien cogerlas con el guizque. Él les decía que no tuvieran prisa porque esas uvas se guardaban para los días especiales. Entonces ellos se ponían muy contentos, sabían qué significaba ser un día especial, era estar todos juntos, comer en familia.
   Y con la vendimia comenzaba el colegio, lo que suponía la vuelta a casa con sus padres, pues el verano estaba llegando a su fin. Marchaban un poco tristes, aunque deseando que llegara el domingo de cada semana, ese día al que llamaban especial porque comían todos reunidos en casa de los abuelos.
   Cuando llegaban ya olía a sopas de tomate, o cocidas con tocino, o a migas. Y al entrar, dando los buenos días, ya se escuchaba una orden desde la cocina diciendo: ¡Bajadme orégano del doblao! ¡Ah! ¡Y las uvas! Y entonces los niños subían como locos. Ya el abuelo había puesto un palo entre dos sillas de enea con los colgaderos de uvas pertinentes para la ocasión, con el fin de que los nietos accedieran a ellos más fácilmente.
    Se sentaban a la mesa, con el manjar preparado por la abuela y al lado una gran fuente con los racimos de uvas ya lavados y sin la cuerda. A principios de temporada los vagos eran gordos y explotaban en la boca, maridando su jugo a la perfección con la comida servida en los platos. Según iban corriendo las semanas, las uvas se iban pasando un poco más e iban cambiando el sabor, no por ello a peor, sino diferente.
   Pero había un día especial en mayúsculas, el día de Nochevieja. En esa ocasión sí que los primos y el abuelo tenían algo importante que hacer mientras el resto de la familia se dedicaba a organizar todo para la última cena del año. Como un ritual, el abuelo esperaba a que todos los nietos, incluida María, hubiesen llegado y con el papel de aluminio en una mano y unas tijeras de cocina en la otra, subía, eso sí, cada vez con más dificultad, cada peldaño de la escalera de su maravilloso doblao. Allí sentado, con sus nietos formando un corro, iba escogiendo y despezonando las uvas que ya más bien estaban pasadas. Los niños iban contando de doce en doce formando paquetitos con el papel de aluminio hasta tener tantos paquetitos como comensales. Mientras hacían esta labor tan imprescindible para esa noche, María siempre le hacía repetir al abuelo la misma historia de por qué es tradición dar la bienvenida al año con uvas. El abuelo, mirándolos asombrado de que no se aburran siempre del mismo cuento comienza, como si se lo supiera de memoria porque si se salta algún paso los chicos protestan:
-       Pues me contaba mi abuelo Javier que allá por el siglo XIX a la gente rica de la capital le dio por hacer fiesta el día en que entraba el año nuevo y en esa celebración tomaban uvas y champán, algo que era excesivamente caro y no podía permitirse la gente de la calle.- Comenzaba el abuelo.
-       El champán me hace reír con sus burbujas.- Comentaba uno de los pequeños.
-       ¡Chis! - Mandaban a callar los otros, poniéndose el dedo índice en los labios.
-       Por si eso fuera poco,- Seguía el abuelo.- el gobierno prohibió los festejos de la noche de Reyes así es que la gente de a pie tuvo la ocurrencia de emular a los ricos y aunque no tenían para champán, se concentraron en la plaza, al sonido de las campanas del reloj, donde se tomaron las uvas. De esa forma un año y otro, hasta que se tornó en costumbre, así es que hasta hoy nos tomamos doce uvas cuando dan las campanadas del año nuevo.
-       ¿Y la otra historia?- Preguntaba María.
-       Pues me contaba mi abuelo Juan Antonio que en realidad lo que había sucedido era que, a principios de siglo XX, en Alicante, hubo un excedente de uva y no sabiendo qué hacer con tanta cantidad como habían cosechado, se les ocurrió envasarla y promocionar su venta para su consumo en esa primera noche del año. Así envasaron doce uvas, una por cada mes del año. Y cuando las vayáis comiendo tenéis que pensar un deseo en cada una de ellas. Para ver si se cumple hay que esperar al mes en el que lo hayáis pedido.- Finalizaba el abuelo.
-       Pues a mí me gusta más la primera. Me parece más reivindicativa.- Contestaba el mayor de los nietos.
-       Tú, como te vas acercando a la adolescencia, ya empiezas a protestar.- Le contestaba el abuelo, guiñándole un ojo.- Pues no sé cuál de las dos será la verdadera o si realmente hay algo de verdad en cada una de ellas, lo cierto es que cuando las toméis tenéis que tener mucho cuidado de no atragantaros. Se les llama las uvas de la suerte, así es que, a ver si tenemos la suerte de tomarlas una a una y sin ningún percance.
   Y todos bajaban ilusionados con los paquetes hechos, los cuales se guardaban atesorados hasta la hora mágica. Esa noche se solía servir sopa y pollo asado acompañado con vino de pitarra del abuelo para los adultos y gaseosa o simplemente agua para los niños. De postre tomaban arroz con leche o natillas, aunque se solían terminar rápido no sólo porque les encantaban sino porque había que recoger la mesa. Después de la cena se sacaba la Gloria hecha por la abuela, la cual se servía en chupitos, vasitos muy pequeños con el fin de dar pocos sorbos. En el momento de las campanadas cada uno se tomaba las suyas, en completo silencio para escuchar bien y para meditar cada deseo. En la mente de los abuelos todas las uvas contenían el mismo: ¡Salud para todos! Y los besos junto a los abrazos viajaban emocionados por todo el salón de la casa.

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