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mar, 10 sep 2019- 00:00
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“LA CONFESIÓN DE BERNARDINA LA SORDA” DE JOAQUÍN ORTIZ, 1º PREMIO BIENAL LITERARIA DE LA UVA EVA BEBA (Texto íntegro)

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Padre, aunque me retuerza como a un trapo húmedo, nunca podré confesarme por teléfono, porque, siendo niña, unas calenturas de yegua percherona me hicieron mear cáscaras de piedra pómez durante semanas, y luego me fueron pudriendo los tímpanos hasta que se apoderó de mí esta sordera de culebra que, como una bendición del altísimo, me protege de pamplinas y sandeces y solo me deja confesarme por escrito.
Léame en confesión, pero no me hace falta que absuelva de mis pecados, porque los que fuimos arrancados de raíz de nuestro suelo nunca iremos al infierno, ya lo tenemos convalidado. Quiero que sepa que me fui a su tierra sin nada, que me vine con menos de lo que llevaba y que solo pedí una única cosa que no se me concedió, siempre quise que mi Faustino pudiera disfrutar de una sordera igualita que la mía, una sordera de campana enterrada en barro que lo aislara del mundo. Pero el pobre se me murió infectado, porque mi Faustino, padre, era tan delicao de oídos y tan callao que decía que las palabras son como el café, en cuanto te quedas corto con el azúcar, amargan. Lo quise del derecho y del revés y de todas las maneras que se puede querer a un hombre, pero lo hubiera preferido profundamente sordo, sordo para que las marimantas de aquí, no le apolillaran el ánimo cuando se le metían por las orejas, sordo para que allí, en su tierra, cuando salíamos a tomar pepsicolas y gaseosas, no oyera como nos llamaban españoletos palurdos y otras bagatelas para forasteros.
Remedie tanto tiempo de silencio, haga de su homilía un altavoz para que el marido de la sorda no sea también un marido mudo. Diga en su misa que todo este embrollo de dejarse la vida en tierra extraña empezó aquí, hace más de sesenta años, cuando una invasión de fantasmas transparentes y sin densidad empezó a recorrer las calles oscuras con un sigilo de salamanquesas. No arrastraban cadenas, padre, sino que, invisibles como el eco, rebotaban contra las paredes y se metían con la agilidad  del aceite caliente por todos los resquicios de todas aquellas casas en donde escaseaban los garbanzos y sobraban las cucharas. Cuénteles que  al acurruque de la oscuridad, escondidos en los huecos del aire, te zumbaban al oído una letanía mustia y una ponzoña amargosa te supuraba en el  fondo del pecho hasta que te asfixiabas creyendo, con la maleta en la mano, que la infección solo se curaba en otra tierra.
Y mi pueblo se fue desbaratando despacio porque aquellos grajos traslúcidos nos fueron arrancando a picotazos las partes más tiernas como si fuéramos un pan caliente sin dueño. Cuente que los primeros síntomas le aparecieron al menudito del Toribio cuando se le arrugó el valor al oírse por dentro: Si las vacas siguen comiendo algarrobas y tagarninas… pronto darán la leche agria y oscura. Y cuente que todo era tan resbaladizo que creímos  que a Reme la Costurera, los espectros la habían obligado a zurcir los labios de los pobres y por eso se fueron tantos y tantos  sin rechistar y sin decir: esta boca es mía.
Ya por aquel tiempo, padre, empezaron mis súplicas, recé con todas mis fuerzas para que al Faustino se le cristalizaran los oídos. Llené el topetón de palmatorias y anduve de rodillas implorando su sordera durante años. Pero en una mañana de trilla y de resolana su  cara amaneció marcada por los colores de aquella guerra muda. Unas ojeras negras de insomnio me lo disfrazaron de indio de película porque una matraca nocturna se le metía dentro cada vez que cerraba los ojos. - Faustino, Faustino, qué triste lo del campo, siempre que  la cosecha es buena, vale poco. Cuente que hizo todo lo sabía hacer para que no se lo llevaran. Para no oírles, se fue a dormir a la era, masticó chicles de alcanfor, se tapó los oídos con la cera derretida de las ofrendas de la virgen, se cubrió la cabeza con un morral de loneta, pero cuente también que, en cuanto cerraba los ojos, un miedo fino le escarbaba en el pecho porque aquella carcoma que arañaba como papeles de lija dura se le metía por los oídos royéndole la serenidad.
 Aquella epidemia ciega  les descompuso el ánimo a muchas familias del sur. Les licuó el coraje con el orapronobis  de que solo quedaba en la alacena un poco de tocino añejo y manteca rancia. Cuente que para dormir tuvimos que hacernos  los sordos   en los juegos nocturnos del escondite, que nos   disfrazábamos  con barro para que los fantasmas nos confundieran con los barbechos y que nos destrozábamos  la espalda  en el campo para que no pudieran meternos dobladitos en una maleta que nos llevara a otro sitio, a otro lugar, en aquellas noches de aquel tiempo mísero.
 Pero explique también, padre, que ese mundo de jugar al toroesconder con la miseria estaba hilvanado con puntadas anchas y que se vino abajo cuando un novenario de tormentas nos arrancó   de un tirón la tranca del aguante. En una semana   descascaritó los garbanzos, pudrió la forrajera, despalilló la cebada y despellejó sin piedad a esos hombre que ya habían perdido el pellejo en el campo. El  estropajo del granizo  le lavó el camuflaje  a los que no tenían ningún sitio para esconderse y cuando salió el sol vimos, una vez más, mi calle llena de cáscaras de familias, de escombros de vida, de maletas y de casas vacías, entre ellas, la mía. Cuéntelo, padre, cuéntelo.
 Explique que  el aguacero se llevó a muchos y, los que se quedaron, se tuvieron que agarrar  a la tierra como los gatos a las cortinas. Fue entonces cuando los más resueltos se empezaron a purgar contra aquella epidemia con una vacuna nueva, una vacuna hecha de viñas y de racimos, y en un ritual sagrado, se plantaron con los pies descalzos en medio del laberinto del campo, se untaron el pecho con el bálsamo del vivaporup de las uvas y, envueltos en mosto, decidieron emparentarse con el suelo   enterrando su sudor en las raíces de las cepas para que algo suyo quedara amarrado a  la tierra para siempre.
Pero dígales que aunque el suelo les dio la protección que les negó el cielo, cuando cavaban entre planta y planta, miraron mil veces a su alrededor para  asegurarse, antes de soldarse a la tierra, que no había factorías, ni fundiciones, ni nada a dónde aferrarse que no fuera a la azada y a aquellas cuerdas de desamparados que eran las greñas de las cepas. Cuente que los hombres de aquí escupieron el miedo  en cuanto los primeros caldos les recorrieron el circuito de las venas y que  se hicieron labradores  orgullosos porque, por no pedir, no pidieron ni un clavo ardiendo a dónde agarrarse, solo necesitaron amarrarse a los zarcillos de los sarmientos para no caerse al norte. 
Declame en su homilía que la suma de muchos cuartos de fanegas crearon una viña gigante hecha de retales de parcelas y cosida con sogas de coraje como si fuera una pieza única. Cuénteles que en el sur explotó una bomba de viñas en el centro del campo y una onda expansiva de hojas y de racimos arrasó el suelo. Una viña verde y única de mosto oxigenado brotó para desinfectarnos los arañazos de las marimantas,  y se metió por todos los rincones del campo y se coló por los padrones e inundó los suelos de cruces de cepas marrones para recordar a los que se fueron. Vocifere, padre, para que se sepa que con ella empezó retoñar una ilusión nueva y renació una confianza olvidada que hizo que los que los que se acostaban en las eras, escondidos entre los balagueros de paja, volvieron a sus camas. Cuente que en otoño, los jornaleros del sur cantan a dos carrillos  para que aquellos  fantasmas silenciosos de la miseria que no echaron de casa, se almidonen con el azúcar del mosto, para que se acartonen y se atasquen en las grietas de un   pueblo nuevo que brota entre las viñas.
Lo sé porque me vine. Pero mi  Faustino no supo volver,  se quedó pinchado en un barrizal sin nombre. ¡Ay, Bernardina de mi alma, qué cosa tan triste, el mundo que nos llena la barriga, nos deja vacío el pecho! Lo enterramos, ligerito de tierra, a los pies de su iglesia  porque la carcoma del norte le fue royendo la esperanza de volver, y a golpe de perrilazos secos me lo amansaron y le robaron los sueños para que no se escapara hasta aquí. Por la costura del pijama, como un santocristo, lo clavaron con alfileres al  cabecero de la cama para que no se escurriera hasta el sur, y lo domesticaron  contándole en las noches de vigilia que, las viñas solo eran un espejismo turbio de cruces tristes y que la tierra que pisó lo había borrado y ya no se acordaba de sus pasos. Por eso, el pobre Faustino se fue quedando inmóvil en un purgatorio ajeno, quieto, tan quieto que los médicos, después muchos años, lo dieron por casi muerto.
Pero los que son sentios de oídos no saben morirse enteros, padre. Por eso es necesario que  grite en su homilía  hasta que se le ricen las cuerdas vocales,  grite hasta que silben los tubos del órgano del coro, hasta que revienten las vidrieras de cristales. Levante la voz en nombre de los faustinos muditos para se enteren de que las cepas, como gallinitas cluecas, están ahuecando las alas y que una sola sabe dar  más azúcar  que tres docenas de aquellos edificios modernistas.
Desgañítese hasta que se comprima el aire del interior de su iglesia, hasta que la presión de todas las palabras que se callaron los desheredados de la tierra empuje las paredes y las capillas hacia afuera, hasta que la iglesia se infle como un globo y absorba el cementerio dejando la tumba del Faustino a los pies del altar mayor. Y cuando lo tenga delante, dígale que ya no está tan triste el campo y que las cepas dan más sombras que los árboles de las Ramblas. Repítaselo hasta que le salgan las lombrices y todas las pamplinas y guarrerías que le infectaron los oídos. No descanse hasta que vea fermentar la tierra de su tumba, hasta que salga un tufillo a vino añejo y escuche decir al mudito de mi marido, interrumpiendo a voces su misa de domingo:
-¡Cuidaito, cuidaito con las escorias…que también son uvas, coooño!

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